jueves, 23 de enero de 2014

Gioconda

Partamos por lo siguiente: Nadie se mete a un cine mientras la película se encuentra en pleno desarrollo, enciende las luces, se para delante de la pantalla y le pregunta a los espectadores:
"Oye, a todos ustedes les gusta el cine, ¿verdad?"
Pero antes de tocar a lo que yo voy, un par de cosas por adelantado:
  1. Cuando una persona se sienta en algún lugar público en su tiempo libre, con un libro en la mano, y se pone a leerlo, lo hace por algo determinado: (a) dicho lugar ofrece la calma suficiente, (b) el rato libre a disposición es lo suficientemente extenso para abarcar una cantidad de lectura deseada y (c) el libro es lo suficientemente interesante como para dedicarle (a) y (b). 
  2. He notado que muchas personas tienden a iniciar una conversación con personas que se encuentran leyendo algo, como si esta otra persona estuviese tan, tan aburrida, que no encontrase otra cosa que hacer que ponerse a leer. 
Aquí el diálogo:

  • ¿A ti te gusta bastante leer, verdad?
    (Así, de la nada. No se le pasa por la cabeza fumarse su cigarrillo callada y dejar a la otra persona leer en paz).
  • Es que no me queda otra cosa que hacer en estos espacios de tiempo libre que se me presentan.   
    (Le responde un tanto molesto, casi indignado por la interrupción. Nada que hacer: La gente cree que tiene derecho a meterse en las actividades de otras personas, actividades que ellos mismos consideran exóticas).
  • Pero eso no responde mi pregunta... Te pregunté si te gusta leer.
    (Reclama una respuesta a su pregunta. (¿Acaso es muy difícil ver que a uno le gusta leer? Obviamente piensa que su comentario es mucho más importante que la lectura que acaba de interrumpir).
  • Si no me gustase leer, no lo estaría haciendo, ¿no crees?
    (Buscando un método de cortar ya este diálogo insustancial).
  • ¡Exáctamente eso quería decir!
    (Con esta última frase se rompe el diálogo abrupta y violentamente). 

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