miércoles, 15 de enero de 2014

Roma

Hodgepodge, es decir, un desorden de elementos mezclados entre si, un Mischmasch, como se dice en alemán. El autor escribe:
On one side of the ledger are the books man has written, containing such a hodgepodge of wisdom and nonsense, of truth and falsehood, that if one lived to be as old as Methuselah one couldn't disentangle the mess
Tras leer La Odisea de Homero llegué a la conclusión que, en analogía a los sueños, todos los personajes contenidos en aquella obra son en el fondo el mismo Ulises, aspectos todos de su personalidad, una segunda Odisea dentro de la primera, de la que relata las aventuras. Todos somos seres múltiples. Descubro ahora en esta cita que no sólo sucede en los sueños y en la Odisea sino que también en la realidad, y que esta Odisea es más seria que la de Homero y la de los sueños. Efectivamente, ¿cómo desenredar ese nudo de múltiples verdades y falsedades que somos nosotros en la visión de los otros? Es imposible desentenderse de este hecho y sabemos que determina en buen grado nuestra visión de nosotros mismos.

La cita me hace recordar las delirantes divagaciones a las que me había entregado aquella calurosa noche, sin poder dormir, sin poder hacer otra cosa que salir a sentarme al balcón [en aquel octavo piso y ponerme observar el helicóptero de carabineros que sobrevolaba la ciudad] a fumar un cigarrillo. Tenía sed y la botillería al frente del edificio tendría abierto hasta la una de la mañana. Lo pensé dos veces antes de decidirme a bajar, puesto que Liliana dormía en el sofá cama que compartíamos esa noche, utilizando la mayor parte ante la entrada al balcón: costaría un esfuerzo vestirme en tan escaso espacio y abrirme camino hacia la puerta del departamento, la pregunta sería cómo hacer todo eso sin despertarla. Opté por despertarla suavemente, como quien decide a llevar a cabo algo cuyas consecuencias irían a ser hechos inevitables, incluso sin participación activa alguna. Hablándole despacio al oido e informándole mis intenciones de salir a comprar un par de latas de cerveza me pareció más digno que despertarla con las molestias que le causaría escabulléndome del departamento, actuando como a escondidas. Y fue una decisión correcta: su reacción a mis palabras fue algo tan simple como un murmuro incomprensible y el darme la espalda al darse vuelta en el sofá cama. Me vestí sigilosamente, tomé las llaves y salí del departamento. Al encontrarme ante la puerta metálica cerrada del ascensor, en la fresca soledad del pasillo del edificio, me invadió una notable sensación de alivio que se prolongó durante los diecisiete pisos que tardó el aparato en subir. Reinaba un silencio agradable que apenas era interrumpido por el zumbido del motor del ascensor. Era bueno estar ahí, afuera del departamento pero aún dentro del edificio, en un interregno singular porque por un lado ya no estaba sometido al calor y a los intricados espacios del departamento, a escasa distancia de una mujer semidormida que ya no me amaba, pero aún en compañía de alguien, no allá afuera, donde me encontraba solo antes de haberla conocido. 

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